El PP sale a la calle

¿Te acuerdas cuando nos encontrábamos en la calle, cuando la hacíamos nuestra para decir no a la mentira de la guerra de Irak? Nos acusaban de pancarteros, de irresponsables. Ahora, olvidados de lo que pensaban, son ellos los que toman la calle todos los fines de semana, o casi.

La pena es que no lo hagan para lo mismo. Cuando los necesitamos para impedir la atrocidad de meter a España en una guerra inmoral, ilegítima e injusta, permanecieron en sus casas y, si pasaban por la calle Real, cambiaban de lado con el gesto torcido.

Cuando necesitamos sus voces para construir una voz única e inmensa que clamara contra el crimen que suponía desafiar la legalidad internacional, callaron, enmudecieron totalmente.

Ahora, sin embargo, salen a la calle como fieras, en una orgía de insultos en los que entra hasta el abuelo de su odiado ZP, víctima de los "nacionales".

¡Qué diferencia!. Nosotros nos veíamos para decir no a la guerra, a ellos le aterra que la guerra del terror acabe bajo un gobierno socialista.

Unidos a la extrema derecha, de la que cada vez se diferencian menos, con la que cada vez se confunden más fácilmente, desplegarán banderas e insultos, olvidaran que lo que ahora critican fue política de su añorado Aznar, con el apoyo leal del Partido Socialista.

Ese odio que les desborda, les llevará a ignorar, nuevamente, que la tarea que realmente nos debiera convocar a todos es evitar nuevas víctimas.

La calle es de todos, hasta de ellos que nos la negaban, que la despreciaban. La calle es de todos, hasta de ellos, que la acaban de descubrir, aunque la utilicen como vertedero de sus fobias, odios e inquinas.

Por mi parte, me quedo con la imagen de cuando la usamos como altavoz de nuestro rechazo a la mentira, como escenario de nuestro repudio a una guerra que, aún hoy, sigue proporcionando su siniestra cosecha de muertos, sin que las armas de destrucción masiva con que pretendieron justificarla, hayan aparecido.

Déjalos que la utilicen. Basta con el desprecio de que se sientan solos, aturdidos por el eco de unos gritos que son solo suyos.